
Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos, seminaristas, y fieles laicos y laicas:
Sean mis primeras palabras para agradecerles personalmente a cada una y a cada uno de ustedes su presencia en esta Santa Misa que celebramos en acción de gracias a Dios por la vida, el don, el talento y el pontificado de Benedicto XVI, Papa Emérito de la Iglesia desde las tres de la tarde, hora de Puerto Rico.
Lo anunciado en aquella noticia que irrumpió en la mañana del 11 de febrero de 2013, hoy se hizo realidad. Benedicto XVI cesa de ejercer su ministerio papal. Si perturbador fue conocer sobre la renuncia de Benedicto XVI, más conmovedor fue verlo hoy despedirse del papado. Las despedidas de los papas siempre han sido tristes para la Iglesia. Aunque nos hemos acostumbrado a despedir a los papas debido a su muerte, esta vez nos despedimos de un Papa en vida. Y, aún así, sentimos pena, sentimos una gran pérdida por un ser tan querido y tan especial.
Las escenas de hoy al ver a Benedicto XVI, sucesor de San Pedro, salir de la Basílica de San Pedro, me recuerdan el episodio evangélico de cuando Pedro, se sale de la barca para caminar hacia Jesús. Nos dice San Mateo, “Pedro bajó de la barca y se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús.” Hoy Pedro, representado en su sucesor Benedicto XVI, se ha bajado de la barca, no para alejarse de ella, sino para acercarse, dirigirse, caminar hacia Jesús y estar más cerca de Él. Es lo que Benedicto mismo nos afirmó en sus palabras del pasado domingo: “Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, al contrario, si Dios me pide esto es justamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma dedicación y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora, pero en un modo más adecuado a mi edad y mis fuerzas.”
Cuando Pedro, se bajó de aquella barca, no fue con la intención de abandonarla, ni abandonar a los otros discípulos que permanecían en ella, Pedro se bajó de la barca para demostrar su fe profunda, su confianza plena en Jesús, pues Pedro sabía que Jesús nunca lo abandonaría, ni dentro de la barca, ni fuera de ella. Hoy Benedicto XVI, ha bajado de la barca con la firmeza de la fe de que el Señor sigue con la mano extendida para darnos la fortaleza de que la Iglesia, esa barca, siga remando mar adentro, siga remando hacia puerto seguro, hasta quedar anclada en la Jerusalén celeste. Como el mismo Benedicto nos dijo en la audiencia del pasado 13 de febrero: “Me sostiene y me ilumina la certeza de que la Iglesia es de Cristo, que no dejará de guiarla y cuidarla”. Es la confianza expresada en el Salmo Responsorial que hemos recitado.
Decía Benedicto en su última catequesis de ayer: “Pero siempre he sabido que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya y no la deja hundirse. Es Él que la conduce, seguramente también a través de los hombres que ha elegido, porque así lo ha querido. Esta fue y es una certeza que nada puede ofuscar. Y por esto hoy mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios porque no le ha hecho faltar nunca a toda la Iglesia ni a mi, su consolación, su luz y su amor.”
Nos relata San Mateo en su evangelio que, justo antes de Pedro bajarse de la barca para caminar hacia Jesús, “La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.” ¿Acaso eso mismo no ha estado sucediendo cuando Benedicto anunció su renuncia como Sumo Pontífice de la Iglesia?
Algunos han querido estremecer la barca de la Iglesia con especulaciones como que Benedicto XVI renuncia por causas distintas a las anunciadas por él, aluden que Benedicto renunció por las intrigas de la Curia romana, por las luchas de poderes, y por los escándalos. Algunos pretenden que la Iglesia responda a las llamadas ideologías modernas, que cambie su postura sobre la vida humana, sobre la familia, el matrimonio, la justicia social. A los únicos signos que responde la Iglesia, son a los signos del evangelio y no al de sus detractores, ni al de algunos medios, ni al de las ideologías ni de los poderes de nuestros tiempos.
La misión de la Iglesia es anunciar el evangelio en todos los tiempos, no es a cambiarlo con el paso de los tiempos. Mientras enemigos de esta barca no cesan de hablar en estos días de los escándalos de la Iglesia y de los cuales la Iglesia ha pedido perdón y pide perdón. La Iglesia no ha cesado de predicar, con san Pablo, sobre el escándalo de la cruz: donde un inocente muere por la salvación de todos.
Que seamos conscientes todos y todas, la sede de Roma está vacante, pero no vacía, porque la ha llenado toda el Espíritu Santo, el espíritu de Dios. Esta barca no se hunde ni se hundirá porque es sostenida por Jesús, es sostenida por la fuerza del amor de Dios, es sostenida por la colaboración y la corresponsabilidad de tantas personas de buena voluntad y por las oraciones de todos sus hijos e hijas. Oremos siempre por esta barca, para que los vientos hostiles de este mundo sean combatidos por el rugir del viento estrepitoso del Espíritu Santo que desciende sobre ella y la sostiene para ser barca grande que acoge a cuantos quieren entrar, barca sensible que se compadece con los necesitados, barca amable porque solo existe por amor, para el amor y en el amor. Oremos siempre por esta barca.
Para reforzar lo antes dicho, quisiera citarles las acertadas palabras de un hermano Obispo Felipe Arizmendi Esquivel de San Cristóbal de Las Casas y que hace varios años dirigió los ejercicios espirituales para los sacerdotes de nuestra Arquidiócesis:
“ Benedicto XVI no se baja de la cruz ni rehúye al trabajo. Su decisión es para asumir otra forma de cruz; es dejar los reflectores y el primado universal, para dedicarse a la soledad, al silencio y a la oración, sólo por amor y respeto a la Iglesia. No es cobardía, sino profunda madurez humana y cristiana. No se siente indispensable; sino que con toda humildad se hace a un lado, para que otros crezcan y vayan con más salud por todo el mundo, predicando el Evangelio, que es lo que Jesús nos ordenó y lo que más importa, más allá de las personas, pues todos somos transitorios. Pienso que, en adelante, la mayoría de los Papas harán lo mismo, pues los tiempos requieren a un Papa en pleno vigor.” (, 24 de febrero de 2013)
Tras comunicarnos su renuncia, Benedicto XVI ha urgido al pueblo católico a dos cosas: que recemos por él y por la Iglesia y que recemos para que el Espíritu de Dios ilumine y guíe a aquellos que tendrán la responsabilidad de elegir a su sucesor. Hoy estamos aquí para orar.
Hoy nuestra oración es una expresión de gratitud a Dios por habernos dado el 19 de abril de 2005 a un Papa tan excepcional en la persona de Benedicto XVI. Si Juan Pablo II se distinguió por ser un mensajero de la Paz, Benedicto XVI se distingue por ser un mensajero del Amor de Dios.
Hoy damos gracias a Dios por darnos en Benedicto XVI a un Papa valiente quien supo reconocer las fallas de la Iglesia, los errores del pasado, las fallas de algunos de sus ministros, quien dio cara a las víctimas de abuso sexual y a sus familiares, no para excusarse ni justificarse, sino para pedir perdón, para sufrir con ellos y para decirles que la Iglesia actuara en este asunto con la firmeza que se espera de las personas de fe.
Hoy damos gracias a Dios por un Papa quien en la persona de Benedicto XVI les habló a la juventud para exhortarlos a ser valientes. A no temer en servir a Jesús, a ser fuertes ante las tentaciones, a dar testimonios de la fe en Jesús.
Hoy damos gracias a Dios por el don de Benedicto XVI quien con un corazón de pastor, se preocupó por los sacerdotes de la Iglesia. Tan fue así que dedicó el Año Sacerdotal para contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo.
Hoy damos gracias a Dios por Benedicto XVI, un Papa que evangelizó de manera singular con sus escritos. Sus libros, encíclicas, catequesis y discursos son un valiosísimo legado que nos deja.
Hoy damos gracias a Dios por darnos en Benedicto a un pastor que vino a Aparecida, Brasil para inaugurar la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. De la experiencia de Aparecida, ha surgido como supremo fruto, la misión continental permanente para hacer de nuestra Iglesia una formadora de discípulos, discípulas misioneros de Jesús.
De una manera particular, damos gracias a Dios por darnos en Benedicto a un Papa que, consciente de la obra de la evangelización en Puerto Rico, creó una nueva diócesis, la de Fajardo-Humacao; y que en nuestra Visita Ad Limina en el 2007 me preguntó, ¿cuál ha sido el impacto del relativismo en la cultura puertorriqueña?
Finalmente, oremos pues, queridos hermanos y hermanas, para que el Espíritu Santo se pose sobre cada cardenal elector y se seleccione al nuevo Pontífice de nuestra Iglesia que habrá de confirmarnos en la fe, timonear la barca que por más que se estremezca o la estremezcan, nunca zozobrará, porque esta barca, es obra de Dios, es sacramento de salvación, es donde más visible se hace el amor de Dios, su caridad, misericordia, sentido de justicia y paz.
Hoy oramos para que en el cónclave a realizarse, el Espíritu Santo descienda como descendió en Pentecostés y llene de sabiduría y fortaleza a los cardenales electores para que la Capilla Sixtina sea cenáculo desde donde la Iglesia emprenda con renovado vigor una nueva evangelización.
En algunos sitios, han despedido a Benedicto XVI con campanadas, vigilias de oración. Hoy nosotros lo despedimos con esta misa y ahora lo haremos con un fuerte aplauso:
¡Que viva Benedicto XVI!
¡Que siempre viva en nuestros corazones!
¡Que viva la Iglesia universal!
¡Que viva nuestra Iglesia Arquidiocesana!