Mons. Ruiz Arenas: "Nuestra fe nos compromete en la construcción de un mundo nuevo, de un mundo mejor"

E-mail
Print
PDF

La labor misionera de don Alonso se extendió a lo largo de casi 18 años, durante los cuales quiso poner en práctica los frutos del Concilio Provincial de Sevilla, sobre todo en lo relativo al Catecismo, que como bien sabemos es el compendio de la doctrina de la Iglesia y base fundamental para la enseñanza de la fe. Su presencia en Puerto Rico, por consiguiente, fue el comienzo de una actividad evangelizadora que cumple ya 500 años, que ha marcado la identidad católica de este querido pueblo.

Como hace cinco siglos, corresponde ahora a la Iglesia en Puerto Rico continuar con gran firmeza la labor evangelizadora que se ha venido realizando ininterrumpidamente con el tesón misionero que le han impreso los más de cincuenta obispos que, primero en San Juan que aglutinaba toda la Iglesia de Puerto Rico y luego en las Diócesis que se fueron desmembrando de aquélla, han tratado de responder a los desafíos que en cada momento de su historia se han ido presentando.

La tarea que hoy le incumbe a la Iglesia no es menor ni menos difícil que la que realizó el primer obispo. A lo largo de estos siglos ha habido sí un crecimiento de la comunidad cristiana, ya que el Evangelio logró empapar la cultura de estos pueblos, pero el ambiente secularizado que está invadiendo muchos de los países de tradición cristiana ha hecho que crezca la indiferencia religiosa y que se note un debilitamiento en la vivencia de la fe. La acción pastoral, que con tanto esfuerzo se ha venido realizando, no logra sin embargo poner remedio a una creciente deserción por parte de algunos fieles, que comienzan a vivir como si Dios no existiera y dejan de lado los principios morales y los valores evangélicos o se alejan de la Iglesia y van a tratar de saciar su sed de Dios en grupos religiosos de reciente creación.

Aquí está el eje de nuestra tarea en la actualidad. Tenemos que volver a mostrar de manera atractiva y fascinante al Dios que es amor y misericordia, al Dios que nos ama con locura, al Dios que no nos desampara y que siempre está a nuestro lado, esto es, al Dios que se nos ha revelado en su Hijo Jesucristo. Pero no podemos pregonarlo con un discurso frío y estereotipado, con fórmulas repetidas de memoria, sino con el gozo de alguien que ha encontrado a Jesucristo, que lo siente vivo, cercano y que le da la fuerza para afrontar su existencia con esperanza y alegría. Tenemos que comunicar esa experiencia con el mismo júbilo que tuvieron los discípulos de Emaús cuando descubrieron que Jesús les había acompañado en el camino, les había iluminado con su palabra y había partido con ellos el pan.

¡Somos hijos de Dios!, y esto constituye nuestra mayor dignidad y es el motivo de nuestro más grande orgullo. Tenemos entonces que volver a despertar esa alegría en el corazón de tantos hermanos nuestros aquí en Puerto Rico que han dejado a un lado al Señor, que viven como si Él no tuviera nada que ver con su vida o que se han ido a buscarlo fuera de la Iglesia.

Tenemos, por tanto, una gran responsabilidad en el momento histórico que nos ha correspondido vivir. No podemos dejar que se derrumben aquellos pilares que sostuvieron nuestra fe y nuestra cultura. Tenemos que volver a dar a la familia la prioridad que le corresponde como fuente de valores humanos y cívicos, como fuente de vida y de amor y también como primera escuela de la fe y del testimonio de vida cristiana. Tenemos que salvaguardar la dignidad de todas las personas, porque somos hijos de Dios y formamos parte de la gran familia humana y, por ello, estamos llamados a defender la vida, desde su concepción, en todas las etapas de su existencia, y hasta su muerte natural, pues toda vida es sagrada y solo Dios es su autor y dueño. Hemos de unirnos para crear un ambiente de fraternidad, de solidaridad, de amor y de servicio para con las más pobres y necesitados. Es necesario luchar para vencer las injusticias, las desigualdades, la corrupción, el materialismo, el egoísmo, la ambición y todo aquello que crea división y no permite que podamos vivir como hermanos, en el respeto mutuo y la igualdad. Como cristianos, tenemos que hacer ver que nuestra fe nos compromete en la construcción de un mundo nuevo, de un mundo mejor, en donde Dios no sólo tenga cabida, sino que es quien nos da la vida, nos da seguridad en ese futuro de felicidad que todos anhelamos.

Pero para realizar esta tarea es necesario que con amor filial seamos todos nosotros los primeros en salir al encuentro de Jesús, de acogerlo con cariño, de dialogar con El a través de la oración; es preciso que nos nutramos con su Palabra, que lo recibamos en la Eucaristía, que acojamos su perdón y su misericordia en el sacramento de la Reconciliación. Hoy más que nunca se necesita que nosotros como cristianos hablemos con Dios, para que podamos hablar de Dios nuestro Padre a todos los demás.

Quizá, a la mayor parte de ustedes, sobre todo a los queridos fieles laicos, podría venir de inmediato la inquietud: ¿pero cómo puedo yo hablar de Jesús al mundo de hoy? ¿No es acaso esta una tarea que deben cumplir los obispos, los sacerdotes y los religiosos? Lamentablemente durante mucho tiempo no se entendió que la misión de la Iglesia incumbía a todos los fieles y el mandato misionero de Jesús, que nos envía a todos los bautizados para que anunciemos la Buena Nueva en todos los rincones de la tierra, quedó reducido casi exclusivamente a la acción de las personas consagradas y se marginó de su tarea a los fieles laicos. Cuando Jesús dice “todos los rincones” no se refiere sólo a que vayamos a anunciar el Evangelio en tierras lejanas, sino también en esta querida tierra puertorriqueña, a las personas que están más cerca de mí, es decir mi familia, mi sitio de trabajo, mi fábrica, mi universidad o mi escuela, mis vecinos. Es una misión que compete a todos, a cada uno de los bautizados según su puesto y responsabilidad en la Iglesia, pero en la que hoy, más que nunca, urge la presencia y el compromiso de los laicos para que con su testimonio, con su autenticidad y coherencia de vida y con su emprendedor entusiasmo, colaboren de manera corresponsable en la acción pastoral de la Iglesia y contribuyan eficazmente a la Nueva Evangelización.

(Para leer en su totalidad la homilía pronunciada por Mons. Ruiz Arenas en la celebración de los 500 años de la llegada

del Don Alonso Manso acceda www.elvisitantepr.com)


developed by