Una vez salido de Egipto creía yo que todo sería más fácil, ya que lo peor había pasado. Creía­mos que al convencer al faraón de que nos deja­ra salir para dar culto a nuestro Dios, Yahveh en el monte Sinaí todo iba a estar bien.

El primer problema que nos encontramos fue buscar estrategias para pasar el desierto, pero el mar Rojo estaba por el medio. El cap. 14, 1-31 del Éxodo explica teoló­gicamente el suceso. No fue Moisés el que hizo el paso, sino Yahveh que quiere medir fuerzas con el faraón e hizo que se endureciera su corazón para que los persiguiera e hiciera volver a Egipto.

El pueblo, al ver que el ejército del faraón ve­nía hacia ellos y que lo que tenían frente era el mar Rojo, comenzó a que­jarse contra mí y contra Dios porque pensaba que moriría ahogado o asesi­nado por los soldados.

El argumento para que el pueblo supere el miedo es que no tendrán que combatir contra el fa­raón y su ejército. “El Se­ñor peleará por ustedes; ustedes esperen en silen­cio” (verso14).

El cruzar el mar Rojo lo hará por medio de Moi­sés que levantará su vara y se dividirá el mar; el agua hará una pared y ellos pasarán a pie y en seco. Una vez cruzaron, el ejército trató de ir por el mismo camino pero se cerró el agua y quedaron ahogados. Yo y mi pueblo cantamos a Yahveh por su victoria. (Cap. 15).

Una vez pasado el mar Rojo comienzan las murmuraciones por la carencia de agua. Cami­namos tres días y llega­mos a Mara pero no pu­dimos beber agua pues era amarga. El pueblo me preguntó: ¿qué vamos a beber ahora? Yo invoqué al Señor y me indicó una planta que eché al agua y ésta se convirtió en agua dulce, por lo que pudimos beberla.

Después de la sed co­menzó el hambre. Ya ha­bían pasado 15 días de la salida de Egipto. El pue­blo estaba hambriento. Se acercaron mí y a mi hermano Aarón dicién­donos: ¡ojalá hubiésemos muerto a manos del fa­raón, porque en Egipto nos sentábamos junto a la olla de carne y comía­mos pan hasta hartarnos. Ustedes nos han traído al desierto para matar a todo el pueblo de hambre (Éxodo 16,3).

Entonces Moisés y Aarón consultaron al Se­ñor y este les dio el maná por la mañana y codor­nices por la tarde. Los israelitas comieron ese maná por cuarenta años hasta que llegaron a la tierra de Canaán.

Seguimos caminando y llegamos a Rafidim. Allí el pueblo se rebeló contra mí y contra Dios pues no tenían agua para beber. Yo le hablé a Dios y Él me dijo que con el mis­mo bastón que yo había abierto el mar Rojo en dos partes, golpeara la roca y saldría agua para beber todo el pueblo. Yo llamé a ese lugar “Masa y Meribá” porque los Israelitas se habían quejado y habían tentado a su Dios y les hice esta pregunta: ¿está o no el Señor con nosotros?

Cuantas veces cami­nando por nuestra vida hemos hecho lo mismo que el pueblo de Israel en el desierto al tentar a Dios sin confiar en su pro­videncia.

(Favor de leer Éxodo Cap. 14 al 17.7)


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