¿Me gustan los hombres? Sí. A mis 17 años de edad confronté mi vida y reconocí esta realidad. Aun así, miles de preguntas rondaban mi cabeza sin dejarme descansar y fue entonces cuando comenzó la búsqueda de la verdad. ¿Quién soy? ¿Por qué soy así? ¿Por qué me gustan los hombres? ¿Por qué yo? Ahora, ¿qué hago? Pero ahí seguían sin ser contestadas. Busqué respuestas en amigos, compañeros de la universidad, en gente de la misma Iglesia, en el trabajo y nada aún me convencía del todo.
Comencé una relación de noviazgo, la cual se definió por una sexualidad descontrolada, en donde si había sentimientos pero más que todo era el placer constante. Esta relación me llevó a caer en la mentira, en la desesperación, en la rebeldía, en la indiferencia… Me llevó a cambiar quien realmente era. Sacrifiqué muchas cosas porque eso era “amor”, mi mala concepción del amor.
Llegué a considerar salirme de la Iglesia, porque era muy pecador. Lo cual era un error. En la Iglesia todos somos imperfectos, tratando de hacernos perfectos en el amor a Dios. Pero no lo entendía así. Me sentía rechazado y marginado por todos, cuando era yo mismo quien me alejaba y marginaba.
Pero un gran hombre de Dios, que conocía mi situación, me dijo: “De aquí no te vas, momentos como este los hemos tenido todos y ahora es cuando más tienes que agarrarte de Dios. En momentos de tormenta no se hacen mudanzas”.
Y así lo hice. Seguí buscando la verdad, consciente de que este como otros era tan solo un momento. Y mi familia, ¿dónde queda en todo esto? Estaba ahí, un poco silente pero no ausente. Contra ellos también me rebelé, pensando que me hacían daño, cuando era yo quien los hería y ofendía, sin permitirle compartir mis penas.
Ahora sé que se preocupaban y que con sus oraciones y lágrimas me acompañaban. Luego de esa relación, en la cual creía amar, comencé a destruirme aún más, El apetito sexual se había agudizado y la promiscuidad comenzó a tomar lugar. En este lugar quisiera detenerme y pedir perdón a todas las personas que les hice daño. Por mi soberbia, por mi dolor, por mi necesidad de afecto, por un vacío… A mi familia; mis amigos; a mi Iglesia; a quienes no recuerdo ni sus nombres, y, en especial, a Dios por no reconocer su gran amor y su misericordia.
Recuerdo en muchos de esos encuentros casuales conocer personas sumamente buenas, personas exitosas, personas creyentes, pero con una gran necesidad de afecto, de cariño, de amor. Personas muy solas. Necesitadas de personas, como tú y como yo, que nos sentamos semana tras semana en el mismo lugar a escuchar la palabra de Dios que por años ya hemos escuchado, que decimos tener la verdad, que comemos a un Dios vivo, que es todo amor en la Eucaristía, pero que queremos moldear a nuestra manera. No olvidemos lo que dice la palabra en Marcos 2; 17: “Al oír esto Jesús, les dijo: ‘Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.”
Si la palabra de Dios, Jesús mismo, ya hubiera penetrado nuestros corazones seriamos reflejo del amor de Dios, rico en misericordia y el mundo que conocemos sería diferente. Aunque como Iglesia de Dios no estemos de acuerdo con la práctica homosexual, estamos llamados a acoger y amar con comprensión a nuestros hermanos. Es por eso que yo aún sigo aquí, por personas que tomaron de su tiempo no para juzgarme sino para llevarme en el amor a Dios.
Quizá deba terminar aquí. Pero me parece un final demasiado idílico y fantasioso, para una vida tan turbulenta y confusa.
Esa búsqueda de la verdad de la que al comienzo hablaba, poco a poco se ha ido definiendo en Dios. Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, cuya creación está inscrita con la verdad.
Hoy camino hacia ese encuentro con Dios, propenso a volver a caer, a volver atrás, a cansarme, a querer dejarlo todo, a confundirme, a olvidar a donde voy… Por eso he ido aprendiendo a vivir el día a día, con pequeños pasos, pero firmes; consciente de mi realidad y a donde quiero llegar; buscando ser perfecto y consciente de la Misericordia de Dios.
(El autor es un laico que participa de la Pastoral de Courage Puerto Rico en la Arquidiócesis de San Juan.)





