Con su Carta Apóstolica, en forma de Motu Proprio, Porta Fidei (La Puerta de la fe), Su Santidad el Papa Benedicto XVI convocó a todo el orbe católico a celebrar un Año de la fe. El documento fue firmado y dado a conocer el 11 de octubre del 2011, séptimo de su pontificado.

Este muy especial Año de la fe dará comienzo el 11 de octubre de este año 2012, y se clausurará el 24 de noviembre, Solemnidad de Cristo, Rey del Universo, del próximo año 2013. El Papa ha escogido esas dos fechas por su significado, ya que el 11 de octubre de este año se cumplen veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia católica y cincuenta de la apertura del Vaticano II.

No es la primera vez que la Iglesia celebra un Año de la fe, pues el Siervo de Dios Pablo VI (1963-1978) proclamó uno el año 1967 en conmemoración del décimo noveno centenario del martirio de los Santos Pedro y Pablo.

Objetivos del Año de la fe

El Santo Padre nos expone las razones que le movieron a instituir este Año de la fe con estas palabras del número 1 del Motu Proprio: “La Puerta de la fe”, que introduce en la vida de comunion con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma.”

Bellamemte aludidos, dos son, pues, los principales objetivos del Año de la fe: Intensificar y mejorar el anuncio de la Palabra de Dios a fin de que el corazón  (la voluntad) la reciba mejor para que sea transformado(da) por la gracia para que seamos mejores.

Precisamente para facilitar más y mejor el modo de presentar la fe -del que no pocas veces depende el aceptarla o rechazarla- la Asamblea General del Sínodo de los Obispos que se celebrará en Roma este mismo mes de octubre de este año, tendrá el sugestivo tema La nueva evangelización para la transmision de la fe Cristiana en este mundo.

Los contenidos esenciales de la fe Cristiana están firmemente fijados desde hace siglos en el Credo de los apóstoles y, algo más explícitamente, como fruto de los concilios de Nicea  (325) y de Costantinopla (381). Y como Cristo no cambia (Hebreos 13, 8), tampoco su doctrina, la de su Iglesia.

Lo que sí puede y debe cambiar es el modo de proponerla y, sin cambiar su núcleo, el explicarla; y esto no tanto por la doctrina misma, cuanto por el modo de pensar de los hombres a los que se dirige. Sería, por ejemplo, altamente indebido el que un teólogo de renombre quisiera explicar a un grupo de niños recien convertidos las diferentes teorías sobre cómo está realmente Cristo presente en la Eucaristía.

En subsiguientes artículos trataré de explicar cómo podemos celebrar con el Papa, los obispos y el clero este Año de la fe.

(Padre Benigno Benabarre)


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