Ocupan titulares en los medios de comunicación por sus habilidades con el gatillo, sus mañas al apropiarse de lo ajeno y sus violentas e intimidantes actitudes.

Parecen hombres y mujeres, pero son niños.
No se puede aspirar a la reconstrucción de una sociedad ignorando la realidad de los menores juzgados como adultos.

Son, por diversas razones, uno de los rostros sufrientes de Cristo que se revelan en América Latina y el Caribe.
Niños y adolescentes en crecimiento, pero con la inocencia tronchada. No escapan de la ola delictiva que arropa al País y, en su mayor parte, su educación es pobre y su perfil socioeconómico desventajado.


En entrevista con El Visitante, el Dr. Edwin Morales Cortés, psicólogo en consejería industrial organizacional, dijo que un sector de la niñez y juventud puertorriqueña crece en familias disfuncionales y expuesto a una experimentación precoz con las sustancias controladas.


“Vivimos en una sociedad enferma, con situaciones que producen estrés extremo. El trabajo precario y la pobre calidad de vida constituyen el fundamento de una sociedad agresiva y violenta”, explicó Morales, con experiencia en consejería a jóvenes y adultos con problemas de adicción.
La conducta delictiva, añadió, podría originarse por  predisposiciones genéticas asociadas a conductas agresivas, circunstancias medioambientales, traumas, deficiencias, maltrato y desórdenes de personalidad.


“Se recurre a la agresión y violencia como un mecanismo inmediato, porque no conocen otras formas de lidiar con las situaciones de cada día”.
La competencia feroz; la frustración de no poseer los bienes materiales deseados y las deficiencias familiares se suman a la posible lista multifactorial de este mal social.

Fisuras en la familia
El Padre Víctor Rojas, Presidente de la Comisión de Pastoral Familiar de la Diócesis de Arecibo, destacó la importancia de los valores cristianos y familiares en el proceso de formación y educación de los hijos.
“Quitar a Dios de la cultura, de la política y de la educación desemboca en un desfase generacional y un caos social. Hogares con deficiencias y desintegración puede que no logren la maduración ni la educación efectiva de sus hijos", explicó.

Seriedad de las faltas
Las violaciones a los códigos del civismo y orden público que cometen los jovencitos están reguladas por la Ley de Menores (Núm. 88 de 1986) que define como falta lo que en los adultos se tipifica como delitos.
En el Tribunal de Menores, las faltas de clase III son las de mayor gravedad e incluyen asesinato, homicidio, agresión agravada, violación, robo, secuestro y escalamientos. Por estas faltas el menor se expone a cuatro años de probatoria o hasta tres años de custodia en la Administración de Instituciones Juveniles.
Según la página oficial de la Oficina de Administración de los Tribunales (OAT), un menor es juzgado como adulto cuando es convicto por cometer asesinato en primer grado con premeditación. Otra circunstancia es cuando el joven comete una falta de clase III tras un historial de faltas clase II o al delinquir luego de cumplir 14 años de edad.  
Según las estadísticas de la Policía de Puerto Rico, el total de faltas de menores entre 2000 y 2009 ascendió a 139,988. Conductas delictivas como soborno, fraude, pornografía, prostitución y manejar en estado de embriaguez sobresalen en comparación con la década anterior.
El teniente Roberto Ferreira García, Director de Servicios Técnicos de la Policía de Puerto Rico, explicó el trasfondo frecuente de los niños que cometen faltas graves.
“Usualmente están desprovistos de sus padres; en su mayoría son maltratados y son desertores escolares, lo que influye en que cometan faltas”.

El Magisterio de la Iglesia
El Papa Benedicto XVI, en una visita pastoral al Centro Penitenciario Romano de Rebibbia en 2011, exhortó a los jóvenes presentes a actuar con misericordia.
“La Iglesia reconoce su misión profética respecto a todos los afectados por la delincuencia, así como la necesidad que tienen de reconciliación, justicia y paz”, dijo el Sumo Pontífice.
El documento de Aparecida (442-446) afirma la importancia del  crecimiento en la fe de los adolescentes que viven expuestos a problemáticas. Además de la unión familiar, la evangelización y la pastoral juvenil, es necesario “urgir la capacitación de los jóvenes para que tengan oportunidad en el mundo del trabajo y, evitar que caigan en la droga y la violencia”.
El Magisterio, a través de una declaración de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña (CEP), se ha pronunciado con preocupación sobre la violencia en la Isla. “Si no logramos unas soluciones dignas y justas a nuestros problemas, la violencia seguirá reclamando víctimas”, versa una declaración de los Obispos de Puerto Rico suscrita en 1979 y que no pierde vigencia.


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