Podemos pensar que fue ayer que estábamos despidiendo los restos mortales de quien en vida fuera el Cardenal Luis Aponte Martínez. Ya se ha cumplido un año de su fallecimiento. Un año que, en lo personal, para esta servidora, ha sido difícil. Difícil, porque mi tiempo giraba alrededor de su persona: días, noches, festivos, fines de semana, etc. A partir de su sepelio y novenario, ocurrió la reacción natural de saber que, de ahora en adelante, el tiempo (en horas y días) sobraba. Me cuestionaba a diario, ¿y ahora qué hago con el tiempo libre? Comencé a utilizar mi tiempo libre para recoger y organizar todo lo necesario de la oficina y sus artículos personales. Sentía un vacío sin precedentes. Lo extrañaba (y aún sigo sintiendo esa ausencia). Las lágrimas bañaban mi rostro con solo mencionarlo, aunque eso no ha cambiado durante este año. Llené parte de ese vacío involucrándome en el proyecto de ver terminados los trabajos en la tumba de la Catedral para que, cumpliendo las directrices del Señor Arzobispo, Mons. Roberto O. González Nieves, todo quedara tal y como se había planificado. Esos trabajos ya están concluidos.
Aprovecho para agradecer, primero que todo al Señor Arzobispo; luego, a Servicios Funerarios Católicos bajo la dirección de la Sra. Anne Eaves. El arte magistral del Hno. Antonio Hernández Gierbolini, Fraile Benedictino de Humacao que tuvo a su cargo preparar los bocetos de las pinturas de la Virgen de la Divina Providencia y la imagen de San Luis Gonzaga que engalanan la pared de la tumba, bajo la supervisión del Arquitecto Héctor Balvanera de la Oficina de Asuntos Culturales de la Arquidiócesis. Finalmente todo quedó tal y como el Cardenal quería: una última morada sencilla y digna.
Con el transcurrir de los días, va uno asimilando la ausencia, aunque me parece que tendrá que pasar mucho más tiempo para acostumbrarme. Igualmente, aunque estaba segura de que así era, este año me ha servido para darme cuenta más aún del respeto, admiración y cariño que los puertorriqueños, y todos los que viven en este archipiélago borinqueño, católicos y no católicos, manifestaban por esa figura que tanto respeto demostró por la Iglesia Católica en Puerto Rico, en América Latina, Roma, España, Estados Unidos.
Han sido miles los mensajes de condolencias que he recibido de muchos de los que de una forma u otra tuvieron el honor de conocerlo, no solamente como Obispo, Arzobispo y Príncipe de la Iglesia, sino como el “jibaro puertorriqueño” que supo convertirse en un ícono de nuestra patria. Son muchos los que me detienen en la calle para darme sus condolencias y, a la misma vez, expresarme, con palabras de elogio, admiración, homenaje a él, haciendo énfasis en la humildad de persona sencilla, pero recordándolo como el Pastor que supo luchar, cuidar, velar, engrandecer la Iglesia de San Juan.
Todas esas expresiones de cariño me dejan saber que, además de mí, son muchos los que le echan de menos. Echan de menos su eterna sonrisa, sus chistes, su memoria, su trato amable y afable para todos los que se le acercaban. Qué muchas imágenes afloran a mi memoria en estos momentos que me toca escribir estas líneas pero que, por falta de espacio, no se me hace posible documentar.
Señor Cardenal, junto a este primer aniversario de su muerte, celebramos también su 63 aniversario sacerdotal. Por eso caben aquí algunas de las palabras expresadas en la homilía del Emmo. Cardenal Carlos Amigo el día de su funeral: “El Cardenal Aponte vivió entre nosotros como cristiano, siguiendo fielmente los compromisos adquiridos en el bautismo. Fue alimentando a su pueblo con la palabra y con los sacramentos, pues había sido elegido para ser sacerdote. Sirvió como pastor y fue padre que cuidara y presidiera en la caridad, como obispo, al pueblo, a la diócesis que se le había confiado. ¡Qué hermoso es vivir! Relacionarse con los demás. Querer a la gente y sentirse querido por unos y por otros. Tener una fe y una esperanza que llenen de motivación los afanes de cada día… Pero llega la muerte y parece como si nos arrebatara lo más querido. La muerte nos deja como en silencio, sin voz para poder explicar lo que sucede. Pero, en medio de tanto vacío, resuena con fuerza la palabra de Dios: “El justo halla el descanso. Agradó a Dios y fue amado. Alcanzando en breve la perfección, llenó largos años. Su alma era del agrado del Señor. La gracia y la misericordia son para sus elegidos y su visita para sus santos.” - Libro de la Sabiduría (4, 7-15).
Sigamos, pues, orando por el eterno descanso de nuestro queridísimo y amadísimo Cardenal Luis Aponte Martínez.
(Miriam Ramos)























