
Solamente han pasado algunos días desde que los ojos del mundo, el 13 de marzo a las 7:07 pm hora de Roma, se clavaron fijamente delante de la chimenea de la Capilla Sixtina. Era el humo blanco que todos esperábamos y pre-anunciaba: “Habemus Papam”.
No era una noche cualquiera en Roma. Acababa de salir de la Universidad Gregoriana solamente hacia media hora y me había prometido a mí mismo no perderme ninguna de las fumaradas que anunciarían la elección de un nuevo Papa. Salí a toda prisa pero las calles parecían un caos. Aparte de la lluvia y el frío que caracterizaba este día, muchos romanos, así como tantos turistas, religiosos y religiosas que se encontraban en la Ciudad Eterna, llenaban todos los buses en dirección a la Plaza de San Pedro.
Era una cita a cumplir con la historia y con mi fe que no me quería perder. Entre caminar, correr y montarme a un bus que le sonaba la alarma de sobre peso y saltar algunas barricadas, al fin llegué. Dos minutos después, las cosas cambiaron en la Plaza de San Pedro. Cuando empezó a salir el humo blanco, a todos los que estábamos allí presentes –unas cinco mil personas- se nos olvidó el frío y la lluvia. Los paraguas se escondieron, los flashes de la cámaras se triplicaron y casi como una ola de una mar ante la playa, en apenas 15 minutos después, la plaza ya superaba las cien mil personas. Era una alegría indescriptible, allí no importaba la nacionalidad de los presentes, todos querían hablar entre sí. Era un Pentecostés que nos unía a todos los allí presentes, era la fe.
Pasaban los minutos y el número de los presentes crecía, más aún la alegría. Unos cantaban, otros oraban, otros bailaban, y otros tantos ondeaban banderas que significaban la universalidad de la Iglesia. De improviso, como un gesto divino, la lluvia cesó y el frío calmó.
La expectativa seguía creciendo a medida que pasaban los minutos. Cerca de 45 minutos después, frente a la Basílica de San Pedro, empezó el desfile de los soldados de la Guardia Suiza y los diferentes cuerpos militares italianos, así como su alcalde, que rendían un homenaje al nuevo Papa, aún sin saber de quien se trataba.
El silencio reinó por algunos minutos hasta que de nuevo estalló la alegría de todos los presentes. Las luces superiores del la Basílica se habían encendido y dejaban entrever a través de las cortinas un gran número de personas que nos tenían una feliz noticia.
Al instante, sale el Cardenal proto-diácono; todo el mundo calló para escuchar aquellas famosas palabras: “Annuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam! Eminentissimum ac reverendissimum dominum, dominum Giorgio Mario, Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Bergoglio, qui sibi nomen imposuit Franciscum”. Era el anuncio que el Cardenal de Buenos Aires, Argentina, Jorge Mario Bergoglio, había sido electo como el nuevo sucesor de Pedro.
La fiesta que ya había empezado hacía algunos minutos fue aún mayor, dado el caso que un gran porcentaje de los presentes en la Plaza de San Pedro eran de lengua hispana. Muchos latinoamericanos y caribeños estábamos allí presentes. “Es un Papa que habla español… es de nuestra tierra… se parece a nosotros”, decían algunos de los presentes.
Cuando el Papa Francisco salió por primera vez al balcón de la Basílica de San Pedro, cautivó a todos los allí presentes con su sonrisa, su mano derecha saludando y con un sencillo “buona sera” –buenas tardes- . Su presencia era el signo del buen Dios que había respondido nuestra oración que pedía el envío de un Pastor según su corazón.
Si las profecías vaticinaban el fin del mundo, pues del fin del mundo, -como lo dijo el mismo Papa- los señores Cardenales eligieron este Pontífice. El Cardenal Bergoglio quien tenía a su lado a su amigo el Cardenal Claudio Hummes en el Cónclave, y cuando la votación se volvía cada vez más “peligrosa” –en palabras del Papa- su amigo el Cardenal Hummes le dijo: “no te olvides de los pobres”. Dice el Papa Francisco, que allí fue donde le vino a la mente el nombre de Francisco, el pobre de Asís.
Es la primera vez que un Papa decide ponerse este nombre. Y ya desde su sencillo saludo en el balcón de la Basílica de San Pedro, nos puso a pensar a todos en lo que Dios quiere de su Iglesia en este momento: “una Iglesia pobre para los pobres”, así lo manifestaba el Papa en un encuentro con los periodistas. En estos pocos días, el Papa Francisco nos ha dejado ver unos signos sencillos que nos muestran la profundidad espiritual de su sencillez: su saludo familiar a los presentes en la Plaza de San Pedro, su petición de orar por él antes de darnos su bendición, el deseo de seguir usando sus zapatos negros en vez de los protocolares zapatos rojos, el viaje hecho a la basílica Santa María la Mayor en autobús con los Cardenales, el hecho de volver a la casa Pablo VI a recoger el mismo sus maletas y a pagar la cuenta, su espontaneidad con todos, etc. Estos y otros muchos gestos de sencillez, manifiestan un significado muy profundo, que su única, principal y fundamental riqueza es Jesucristo; que Cristo es la roca esencial de su vida y que su único tesoro es Dios.
Francisco nos puso a rezar a todos, como un padre que enseña a sus hijos a orar en la sencillez pero con la profundidad con las oraciones de todo cristiano; recordándonos que Dios es Padre; que tenemos una madre que nos custodia; y que la gloria del mundo sólo es a Dios Uno y Trino. Abajo los ídolos del mundo, bienvenido lo esencial, afuera lo superficial, Cristo es el tesoro fundamental.
El Papa Francisco quiere ser el último, el servidor de todos, lavar y secar los pies de la Iglesia con su vida. Desea no otra cosa que ser otro Cristo en la tierra como el “poverello” de Asís. El Papa Francisco no está improvisando, así ha sido su vida y no hace otra cosa más que ser honesto a su opción por Cristo, porque seguramente en su corazón deben resonar las palabra de San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo que vive en mi” (Gal 2,20).
Oremos por el Papa, por su misión que es la misión de Cristo, la misión de su Iglesia. Agradezcamos al buen Dios el don de darnos un gran sacerdote y pastor de almas que quiere mostrarnos un camino de Iglesia, un proyecto de vivir como discípulos del Señor a ejemplo de este gran santo. Que podamos mostrar la belleza del cristianismo como una Iglesia servidora, con, para y por lo pobres, marginados y excluidos. Una Iglesia que libera, sana, reconcilia y es misericordiosa a ejemplo de su Maestro.
Gracias Papa Francisco, porque a tan solo a pocos días nos has recordado que tenemos que ser “escándalo y necedad” (cf. 1 Cor 1, 18-23), cruces vivientes y proféticas en un mundo que quiere vivir sin Dios.
Gracias Papa Francisco por aceptar ayudar a seguir construyendo la Iglesia de Cristo; exhórtanos y guíanos en la misericordia del Señor.
Bendita la Iglesia entera, bendita América Latina y el Caribe porque un fruto de 521 años de evangelización, ha querido el buen Dios que guíe su Iglesia.
(P. Samuel Velásquez Serrano. Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico).




